En mi novela, El secreto de Caaveiro, hay un pasaje en el que los protagonistas asisten a una representación de El Barbero de Sevilla en la ópera de Londres, representada por el tenor Manuel García; su mujer, la soprano Joaquina Briones y su hijas, que en ese momento todavía no eran conocidas como María Malibrán y Pauline Viardot.
Desde ese momento que narro han transcurrido doscientos años, pero ayer en el Teatro de la Zarzuela asistiendo a la representación de la ópera bufa, El gitano por amor, compuesta por Manuel García, me sentí transportada en el tiempo y satisfecha de haber reivindicado en mi novela dirigida al público juvenil el nombre de Manuel García y su familia. En la imagen los cantantes saludan al final de la representación.
No es objeto principal de la trama literaria de este libro la vida del tenor favorito de Rossini y su familia, pero forman parte del mosaico de personajes que poblaba Londres en la segunda década de hace dos siglos. Los que triunfaban y gozaban de amplio reconocimiento, como Manuel García, y los emigrados, entendido en el sentido actual de exiliados, que poblaban el barrio de Somerts Town, que huían de la persecución de Fernando VII.
En El secreto de Caaveiro, sus protagonistas tienen que viajar al pasado para solucionar un problema del presente, corren aventuras y protagonizan descubrimientos con los que he pretendido hacer disfrutar a mis lectores.
Había leído sobre Manuel García y sobre su vida, pero ayer tuve el privilegio de conocer su obra y reivindicar su trascendencia.
Para tener un juicio ponderado de la ópera representada en el Teatro de la Zarzuela recomiendo la crítica publicada en Scherzo por mi buen amigo, Manuel García Franco.
